jueves, 22 de enero de 2009

Laura Vicuña


Habían pasado seis años desde la muerte del Capitán Domingo Vicuña en la ciudad chilena de Temuco. Mercedes, su mujer, pensó que del otro lado de los Andes encontraría mejores posibilidades para criar a sus hijas: Laura, con ocho años (había nacido el 5 de abril de 1891) y Mercedes, de seis.
Ella ya estaba acostumbrada a emigrar. La vez anterior, cuando salieron de Santiago, todo había sido repentino, a causa de la revolución. Pero con Domingo era otra cosa. Ahora, en cambio tendría que arreglárselas sola.
Ñorquín y Las Lajas son las primeras etapas. Allí Mercedes conoce al estanciero Manuel Mora, que le ofrece vivir con él en Quilquihue. No hay mucho que elegir.
Casi al mismo tiempo que los Vicuña, un poco más al sur, otro grupo de mujeres cruza la cordillera en carro. Son las Hijas de María Auxiliadora. En 1899 las hermanas fundan el Hogar de Junín de los Andes, para las niñas de la zona. Laura y Amanda estrenan el siglo XX en el colegio.
En él se respira un aire muy distinto al de Quilquihue. Laura se entusiasma enseguida con el estudio, la oración y el grupo de nuevas amigas. Con sorpresa escucha a las hermanas hablar de Dios que es un Padre bueno, de Jesús que se entrega por nosotros, para salvarnos y de María, nuestra buena mamá…
Tiene diez años cuando recibe la primera comunión. Este día -siguiendo la sugerencia de las hermanas- anota en su cuaderno algunos propósitos: “Dios mío, quiero amarte y servirte por toda la vida. Por eso te entrego mi alma, mi corazón… propongo hacer cuanto pueda para que seas conocido y amado, y para reparar las ofensas que recibes cada día de los hombres, especialmente de las personas de mi familia”.
Con el lenguaje de la época, Laura demuestra haber tomado en serio su primer encuentro con Jesús Eucaristía. Lo que escribe hace ver también la conciencia de su situación familiar. Las vacaciones de verano confirman el dato: “Mora es un prepotente. Vive golpeando a Mercedes, y la cosa empeora con el alcohol. Volver del colegio a casa significa para Laura pasar del paraíso al infierno”.
Con el tiempo, las pretensiones de Mora llegan hasta ella. Ha dejado de ser una nena y el estanciero piensa que podrá tratarla igual que a su madre. Pero Laura no se somete y se opone decididamente a las provocaciones de su patrón. Resiste a las promesas, a los insultos y a los golpes.
La salvación estará en el colegio. No conviene volver más a casa. Las Hermanas correrán con los gastos de pensión que ya nadie paga. Pero Laura no quedará tranquila. Le preocupa su madre. Un día, hablando con el confesor, le confía su secreto: quiere ofrecer su vida por la de su mamá, por su conversión, para que dejando la estancia sea capaz de comenzar una vida nueva.
Su salud comienza a decaer rápidamente. La mamá, que aún no conoce el secreto, consigue que Mora le permita alquilar un ranchito en Junín para atenderla. Pero también allí llega la pasión del estanciero. Una noche pretende entrar y, ante la oposición de las Vicuña, su furia acaba en patadas contra madre e hija.
Uno de esos días, Laura dice a su mamá palabras que no olvidará: «Hace casi dos años que le ofrecí mi vida a Jesús por vos, para conseguir la gracia de tu regreso… Mamá, antes de morir, ¿podré tener la alegría de verte arrepentida?»
«Pero ¿entonces fui yo la causa de tu sufrimiento? Te juro hacer que lo que me pedís. Dios es testigo de mi promesa.»
Es el 22 de enero de 1904. En un ranchito olvidado de Junín de los Andes, a las cuatro de la tarde, muere una adolescente de 13 años que ha ofrecido la vida a Dios por la conversión de su mamá.
QUE DIOS LOS BENDIGA!!!